La casa más cara del mundo
09 January 2008
Hace unos días mientras dedicaba mis ratos de ocio a la computadora, leí en Internet que la casa más cara del mundo estaba valorizada en nada menos que 138 millones de dólares, la tremenda casa de 23 hectáreas y de 103 habitaciones no tenia dueño, no tenia vecino por encontrarse en medio de una campiña inglesa y no tenia competencia en lujos y detalles. Era, sin duda alguna, la casa de los sueños.
Lo leí en una encuesta realizada por la revista Forbes y que tomaba en cuenta a las propiedades de todo el mundo. Una de las cosas que más me sorprendió era que la revista especificaba que algunos corredores inmobiliarios no publican los precios de las casa más costosas, razón por la que no entraban en la lista elaborada. La suspicacia de los corredores que si publican sus precios sugería comentarios como que lo hacían para evitar cuentas tributarias o en el mejor de los casos, para mantener la privacidad de los felices propietarios.
Después de apagar la computadora me entretuve pensando lo feliz que seria de vivir en esa casa al menos por unos días. Sin vecinos, sin autos molestos que propicien ruidos; con enormes patios y jardines donde poder jugar golf, tenis y una piscina enorme donde refrescarme en época de verano. Lo mejor de todo, 108 habitaciones y 23 hectáreas que hagan posible no tener que toparme con quien viva conmigo. Una cochera donde guarde fácilmente más de siete vehículos, uno para cada día de la semana y tantos televisores que podría ver todos los partidos de Sudamérica en vivo sin molestarme.
Pero como esa opción es casi imposible de suceder en mi vida, decidí convencerme de lo malo y aburrido que seria vivir en una casa así –difícil tarea- , por lo que me recosté en el sillón de la sala del primer piso antes de ir a la cama y me puse a pensar en las razones por las que no me gustaría vivir en una casa tan fabulosa como esa. Me tomó tiempo, pensar y pensar maliciosamente en esas inefables razones, pero con mucho esfuerzo y dedicación logré pensar y luego escribir unas cuantas.
Vivir en una casa de 23 hectáreas era un tema complicado, solo piensa si tu habitación esta en la ultima hectárea y debes levantarte muy temprano a recoger el diario, tendrías que caminar más de 20 hectáreas para llegar a la puerta de tu casa, qué flojera. O si sucede una emergencia y debes pedir auxilio, no habrá vecino que pueda darte una mano, recuerda que estas en medio de una enorme campiña, y si los sirvientes toman la medida extrema de renunciar, debes entonces dedicarte por los menos un día entero solamente en cambiar las toallas de todos los baños. El desanimo sigue si imaginas una fiesta en tu casa nueva: gente por todos lados, un bullicio interminable, muchas cosas rotas, muchas cosas echadas a perder por manchas de licor o comida y muchas, muchas horas y días para dejar todo limpio. Tantas cosas absurdas que mi mente intentaba imaginar como justificando mi despiadado destino y sin embargo una realmente cautivó mi razón: con una casa tan inmensa y situada lejos de la ciudad, tendría que levantarme más temprano para ir al trabajo o si por descuido el bebé se pusiera a gatear y tendría que buscarlo por toda la casa.
Creo que mis razones para decir que no a esa casa son más que razonables. Sin embargo, si me obsequiaran esa casa por unos días ya no estaría escribiendo desde aquí.
Pronto voy a España para investigar la inmobiliaria allí - he cogido uno de los baratos vuelos Barcelona y tengo el plan de comprarme un apartamento a que puedo veranear durante las vacaciones. Claro, no va a ser tan extravangante como la casa de este artículo pero a mi será un sueño hecho real.